Primera Declaración del Comité

La tragedia ocurrida en Haití nos moviliza a todos. Leer más...

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martes, 29 de junio de 2010

Haití y Honduras. Por Rogelio Ponsard

En Página 12 de hoy, 28/6/2010, un artículo de Mercedes López San Miguel acerca de Honduras contiene el pasaje siguiente: "Según Carlos Reyes, uno de los principales representantes del Frente Nacional de la Resistencia Popular, detrás de la denuncia se esconde una maniobra de Estados Unidos. “El embajador norteamericano, Hugo Llorens, se reunió con dirigentes de organizaciones de derechos humanos y les dijo que el gobierno de Lobo es débil y que necesita respaldo. Y el señor que dice estar amenazado se va a Sudáfrica a ver el Mundial. Todo esto es parte de un guión que pretende aplicar la embajada norteamericana.”

Si entiendo bien, la política de Estados Unidos consistiría en apoyar y fortalecer gobiernos débiles.
Este argumento también puede servir para justificar la presencia de Estados Unidos en Haití.
Estados Unidos sería un país bondadoso que ayuda a los gobiernos débiles.
Sin embargo, son numerosos los casos en los cuales Estados Unidos ha hecho y hace todo para debilitar o derrocar gobiernos de América Latina.

En Honduras, Argentina, en contra de Estados Unidos, protesta contra el golpe y la ingerencia extranjera.
En Haití, en cambio, Argentina, a la par de Estados Unidos, apoya la ingerencia extranjera.
¿No habrá allí una incoherencia de parte de Argentina?

Enviado por: Rogelio, 28-06-10

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lunes, 12 de abril de 2010

Haití y la verdad. Por Fernando Martínez Heredia

La verdad que nos hace palpable Haití es que sólo son respetados y salen adelante los pueblos que hacen revoluciones, logran liberarse, cambiarse a sí mismos y constituir poderes populares muy fuertes, para ser capaces de vencer a sus enemigos y de realizar tareas casi imposibles, para ser sociedades viables que repartan entre todos el bienestar y la dignidad.
Fernando Martínez Heredia

Víctimas de un terremoto, los haitianos han muerto en masa. En la década que terminará en diciembre, esta tragedia me parece comparable a la muerte en masa de indonesios y asiáticos por un tsunami, a finales de 2004. Unos y otros han muerto en masa por los cataclismos, pero sobre todo porque sus sociedades no cuentan con medios ni sistemas para defender mejor la vida de la gente. Por otra parte, desde 2003 las fuerzas armadas de Estados Unidos han producido una muerte en masa de civiles no combatientes en Iraq que es mucho mayor que la suma de víctimas causadas por ambos desastres naturales. La verdad es que recibir la muerte en masa es uno de los pocos privilegios que le van quedando al que llamaban Tercer Mundo cuando las ideologías dividieron en dos al mundo regido por el capitalismo.

La palabra "humanitario/ a" se instaló y se ha repetido hasta el cansancio en los medios de comunicación y en la prosa oficial. "Ayudas" de los poderosos a los mismos que han despojado históricamente de casi todo, bombardeos contra bodas y hospitales, agresiones a países e intervenciones armadas, han portado el apellido "humanitario/ a". Ellos no han tenido una reacción humanitaria ­o al menos humana- frente a la catástrofe de Haití. Con abismal tacañería y total impunidad se ha hablado de rebajarle el monto de sus deudas internacionales, se ha prometido darle algo, y ya se está dejando de hablar del tema. La verdad es que "humanitario/ a" es una de las expresiones más infames de la lengua prostituida y al servicio de la dominación más sucia, que hoy predomina en el sistema totalitario de información y formación de opinión pública que llamamos medios de comunicación, y se repite hasta el cansancio por los cómplices y por los tontos.

Miles de soldados estadounidenses han ocupado militarmente los puntos de Haití que han estimado conveniente, a partir del terremoto. Comentaron que era para combatir estallidos de violencia que no ha habido, pero no se han ido. No le dieron explicación a nadie, ni ellos ni esa sombra internacional llamada Naciones Unidas. En esto también va mal la década que termina. Cuando invadieron Afganistán, hubo una explicación; era mentira, pero la dieron. Cuando invadieron Iraq hicieron una gigantesca campaña de mentiras para justificarlo, pero la hicieron.

La verdad es que la soberanía nacional de la mayoría de los Estados no es respetada por los imperialistas, y ha regresado la antigua práctica de hacer ocupaciones militares permanentes de países independientes. La verdad es que se ha perdido gran parte de lo avanzado por el mundo que fue colonizado, saqueado, explotado y avasallado en nombre de la civilización y el progreso, para que el capitalismo se volviera imperialismo y lograra ser la fuerza predominante en el planeta. Avances conquistados sobre todo mediante los sacrificios y los heroísmos de millones de personas, que forjaron sus países y sus regímenes sociales a través de revoluciones. Haití fue el primer país que conquistó su independencia en este continente que desde hace siglo y medio se dio en llamar América Latina.

En Asia, África y América Latina y el Caribe, los imperialistas se están apoderando -por todos los medios que estiman necesarios y sin mayor recato- de aquellos recursos naturales que han decidido explotar para servirse de ellos, o que han resuelto poseer como reservas para cuando convenga explotarlos a sus negocios y su estrategia. La verdad es que está en curso un proceso de recolonizació n selectiva de países a escala mundial, que va liquidando incluso el neocolonialismo, aquella forma de dominación de Estados independientes que se volvió determinante después de 1945, y que evidenciaba la madurez del sistema capitalista. Haití posee reservas minerales sumamente valiosas; lo más probable es que le toque en la estrategia imperialista servir como reserva, por ahora.

Poco antes de la famosa y muy publicitada crisis financiera de 2008 se habló de una crisis alimentaria ­en realidad, a lo largo del planeta siguen reinando el hambre y la desnutrición, su hermana menor-, de la que se ofrecieron explicaciones sometidas a una lógica de la ganancia, los precios, la producción y el mercado gobernados por el capitalismo. Después, en este mundo lleno de imágenes, nos forzaron a consumir varios miles de horas con el tema de la salvación de la sagrada institución de los bancos, ejecutada por los Estados. De la crisis alimentaria hubo pocas imágenes, aunque siempre hay: esa es una función de naturalización de las iniquidades, dándoles su pequeño momento público. Así se nutre la creencia en que "todo" aparece en las imágenes, y lo que no aparece es porque no sucedió. Recuerdo una de esas pocas, la de un reparto de alimentos a una multitud de hambrientos desesperados en Haití. Soldados bien armados custodiaban a los repartidores, y una niñita quedaba enredada en una alambrada militar mientras luchaba por alcanzar algo. La verdad es que la idea de desarrollo, que tuvo su apogeo hace casi medio siglo, ha sido abandonada y olvidada, y es sustituida por la filantropía. Esta virtud cardinal laica burguesa -que de paso propicia exención de impuestos- se une a las donaciones que negocian los Estados y las grandes empresas, y que reparten prósperos administradores. Constituyen el mundo contemporáneo de la limosna, y son un ridículo fragmento de lo que se les ha robado y se les sigue robando a sus destinatarios.

Sin que sea posible evitarlo, este año se ha bautizado como el del bicentenario del inicio de las luchas por la independencia de nuestra América. La verdad es que el bicentenario sucedió en 1991. Doscientos años antes, en Sainte Domingue, la más rica colonia de Francia, comenzó la insurrección popular contra la esclavitud y el colonialismo, y estalló una gran revolución, la primera de este continente. La gente de abajo peleó con una abnegación y un heroísmo ejemplares, derrotó a los franceses, los españoles y los ingleses, y finalmente venció al ejército de Napoleón ­el triunfador en Europa-, en la batalla de Vertieres, que no se estudia en las escuelas de nuestro continente. Los revolucionarios aprendieron a considerarse personas completas, a sentir y ejercer la libertad, a procurarse la justicia por sí mismos, a organizarse en ejército y fundar un país, al que nombraron Haití, a constituir una república y dotarse de una Constitución superior a la de los Estados Unidos, que establecía que todas las personas nacen y son libres, y no pueden ser esclavizadas. En vez de celebrar el bicentenario en 1991, reparación histórica que merecía Haití ­ya que nunca recibirá la reparación económica a la que tiene derecho por el saqueo mediante el tributo a que fue sometida después de su independencia- , los latinoamericanos nos debatíamos entonces con el engendro del 500 aniversario del "descubrimiento" , o del "encuentro de las culturas" -que es casi lo mismo-, y ganaba terreno la idea espuria de que somos iberoamericanos.

La verdad es que Haití nos viene mostrando desde hace mucho tiempo el precio tan alto que está pagando la humanidad por el dominio del imperialismo estadounidense a escala mundial, por el carácter parasitario, hipercentralizador, excluyente y depredador del medio que está en la naturaleza misma del capitalismo actual, al mismo tiempo que por el retroceso general de las luchas de clases y de liberación nacional. Los descarados que le regatean a Haití la reducción de sus deudas le impusieron la liberalizació n del comercio que acabó con su producción doméstica de alimentos, obligándolo a gastar la mayoría de sus ingresos en importarlos y llenando las ciudades de menesterosos. En 1802, bajo el régimen de Toussaint, los haitianos produjeron dos tercios del azúcar que producía la colonia; dos siglos después, Haití está obligada a vivir de las remesas que envía la multitud de sus hijos emigrados. Tres de cada cuatro haitianos logran menos de dos dólares diarios para sobrevivir, y la infraestructura urbana es muy escasa o inexistente. Su soberanía nacional ha sido conculcada por la sangrienta ocupación militar estadounidense de 1915-1934 y por el control o la influencia decisiva sobre sus gobiernos a lo largo del siglo y el dominio neocolonial sobre el país. Otra vez Estados Unidos invadió y ocupó Haití en 1994-1996. Después del golpe de estado de 2004, la ONU desplegó allí una fuerza de ocupación militar permanente que no ha ayudado en nada respecto a los gravísimos problemas sociales del país, pero ha cometido crímenes y violaciones contra la población haitiana.

De la época de las cañoneras a la del "poder inteligente" han transcurrido cien años y han cambiado muchas cosas. Pero la verdad es que el recurso a la agresión y la intervención, el uso de la fuerza sin respeto alguno al derecho, son una constante en la política de los Estados Unidos hacia nuestro continente.

El 12 de enero, varios cientos de profesionales de la salud cubanos trabajaban en todo Haití, en labores gratuitas que se ejercen desde 1998 y se extienden a otras áreas de la vida del país. En la Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba, también gratuita, se han graduado ya 543 haitianos y estudian otros seiscientos. Ante el sismo, los cubanos proveyeron la primera atención médica. Todos conocen la entrega incansable de ellos y los que han ido llegando. Casi mil ­entre ellos 380 haitianos formados en Cuba- forman hoy el ejército cubano para la vida que trabaja en Haití. Ya logran una atención integral a los pacientes ­más de 50.000- y una atención de salud a la población que está creciendo. Cuba ejerce una solidaridad real con su vecino más cercano, una relación entre seres humanos, eficaz, fraternal y respetuosa del gran pueblo que la recibe.

La verdad es que Cuba puede ser solidaria con Haití porque mantiene su revolución socialista, ha formado un pueblo que tiene capacidades extraordinarias y no se deja ganar por el egoísmo y el afán de lucro, posee un nivel de conciencia política realmente admirable y tiene una organización social y estatal muy fuerte. La tarde del 12 de enero, 30.000 personas se trasladaron a lugares altos en menos de una hora en Baracoa, en perfecto orden, en previsión de un posible tsunami. El sistema de defensa civil contra desastres de Cuba es uno de los mejores del mundo, por lo que su población se defiende con éxito de los cataclismos, hoy agravados por los cambios climáticos. El gobierno ha movilizado todo lo que ha estado a su alcance a favor del pueblo haitiano y de una reconstrucció n que lo fortalezca realmente, y la sociedad, que participa decisivamente con los esfuerzos de sus hijos, se mantiene al tanto, conmovida, de lo que sucede en Haití.

El ALBA, que también estaba aportando a la salud, la educación y otros sectores de infraestructura y producción en Haití antes del terremoto, respondió con rapidez y eficiencia ante la tragedia, y unió sus recursos al esfuerzo de los cubanos y haitianos por ampliar y sistematizar los servicios de salud. La reunión de su Consejo Político en Caracas, el 24/25 de enero, acordó proponer a Haití un plan más ambicioso en ese campo, y extender las acciones a los niños, el sistema escolar y los alimentos. La Declaración del ALBA es precisa: los esfuerzos de reconstrucció n "deberán tener al pueblo y al Gobierno de Haití como principales protagonistas, respetando los principios de soberanía e integridad territorial" .

La verdad que nos hace palpable Haití es que sólo son respetados y salen adelante los pueblos que hacen revoluciones, logran liberarse, cambiarse a sí mismos y constituir poderes populares muy fuertes, para ser capaces de vencer a sus enemigos y de realizar tareas casi imposibles, para ser sociedades viables que repartan entre todos el bienestar y la dignidad. Que del sistema capitalista no se puede esperar otra cosa que explotación, opresión, despojo, agresión, mezquindad y desprecio. Que el imperialismo norteamericano es el campeón mundial en todas esas prácticas. Que sólo la solidaridad internacionalista ­como la que brindó Haití a Bolívar hace dos siglos- les dará fuerzas suficientes a los pueblos de nuestra América para defenderse con éxito y para cambiar el mundo y la vida a favor de las mayorías. Que tenemos por delante un prolongado camino de combates y arduos trabajos, y sólo la unión de los oprimidos y los poderes populares, y las alianzas entre los que estén dispuestos a conquistar la segunda independencia, nos dará la victoria.

Gracias, pueblo hermano de Haití. Igual que ayer nos mostraste la vía hacia la libertad y la justicia, hoy nos aclaras, con tus entrañas destrozadas pero tu dignidad incólume, las verdades fundamentales que debemos aprender y practicar.

Fuente: Cubarte y La Haine
Enviado por: Stella, 12-04-10

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lunes, 5 de abril de 2010

Nunca alcanzaremos a pagar nuestra deuda con Haití. Por Víctor Ramos

Si la libertad no tiene precio, no alcanzaremos a pagar nunca nuestra deuda con Haití. El apoyo del país caribeño a la emancipación latinoamericana tuvo un costo altísimo para ella. Casi tan alto como el que ha pagado por su propia existencia.
Un precio mucho mayor que el terremoto que hoy la estremece.
Haití fue castigada y hundida en la mayor pobreza, casi deliberadamente. Y fuimos cómplices.
Este año festejamos el Bicentenario de la independencia y es necesario saber que sin el apoyo decisivo de la República de Haití, dicha independencia no se hubiera logrado. O por lo menos no, en ese tiempo, ni en esa forma.
Cuando José de San Martín se encontraba ante el avance realista español y la conspiración porteña; cuando Simón Bolívar huye a Jamaica luego de ser derrotado en las costas venezolanas; cuando la monarquía del inescrupuloso Fernando VII con todo su arsenal y ejército de veteranos de las guerras napoleónicas arrasaba a sangre y fuego la América Latina, surge del Caribe la figura luminosa del presidente de Haití, Alexander Petión.
Haití fue el primer país independiente de las Américas en erradicar la esclavitud, y así se constituyó en la primera república democrática americana en establecer plenamente los derechos del hombre.

Luego de vencer al ejercito de Napoleón, al de Inglaterra y al de España, el Haití de Alexander Petión se convirtió en refugio de muchos los patriotas latinoamericanos que debían asilarse, producto de sus ideas libertarias. Recibieron cálido hospedaje entre otros, Francisco de Miranda, Simón Bolívar y hasta de nuestro Manuel Dorrego.

En 1815 el líder haitiano convoca a Bolívar, que se encontraba refugiado en Jamaica, deprimido y al borde del suicidio. Petión le ofrece al futuro libertador armas, barcos y soldados para retomar la lucha por la independencia americana.
El haitiano planteó a Bolívar -y así se lo hizo firmar- que a cambio de éste apoyo los revolucionarios sudamericanos debían decretar la abolición de la esclavitud en América. Bolívar asumió el compromiso y partió al continente con soldados seleccionados por el propio Petión. Ya triunfante, y antes del encuentro con San Martín dijo:

“Perdida Venezuela y la Nueva Granada, la isla de Haití me recibió con hospitalidad: el magnánimo Presidente Alexander Petión me prestó su protección y bajo sus auspicios formé una expedición de 300 hombres comparables en valor, patriotismo y virtud a los compañeros de Leonidas...”.

Solo la colonización cultural explica que desconozcamos ésta epopeya. Los guerreros haitianos regaron generosamente su sangre en toda América del Sur... solo por nuestra libertad.

Petión no solo le dio a nuestros emancipadores los pertrechos y los soldados, le dio algo mucho más importante: un fundamento político más amplio y abarcador para la independencia americana. Muchos de nuestros patriotas eran esclavistas; el propio Bolívar integraba la clase “mantuana” caraqueña. Finalmente Bolívar se referiría siempre a Alexander Petión como “el Autor de nuestra libertad”.

Desde ese instante España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos bloquearon a la República de Haití de toda relación internacional. El presidente norteamericano, Thomas Jefferson dijo que “Haití es un mal ejemplo”. Los dueños de esclavos no toleraban la existencia de un país independiente gobernado por hombres negros.

Finalmente Estados Unidos llegó a poner orden e intervino militarmente el país en 1915. Haití, el pionero de la emancipación americana y los derechos del hombre, se convirtió en la nación más pobre del planeta.

Hay que decirlo con bochorno: nuestros países no hicieron nada significativo por Haití: sólo observaron desde lejos como se consumaba un lento, silencioso genocidio.

En ese sentido, fue brutalmente franco un haitiano que dijo en estos días que el terremoto era, quizás, "lo mejor que nos podía pasar a los haitianos".

Quizás hayan hecho falta el trueno y el temblor de la tierra para despertarnos de la pasividad cómplice.

Quizás Haití reciba ahora, ante el drama que clama al cielo, algo de la ayuda que le mezquinamos durante años.

Llego el momento de actuar no solo por el pueblo haitiano, sino por nuestra dignidad.

*Víctor Ramos es presidente de SOS Discriminación Internacional
Fuente: SOS Discriminación InternacionalEnviado por Amalia, 05-04-10

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viernes, 5 de marzo de 2010

Embajador de Argentina en Haití nos ha visitado. Por Rogelio Ponsard

A los compañeros del Comité por Haití:

El Sr. José Vazquez Ocampo, embajador de Argentina en Haití nos ha visitado, y nos ha hablado, durante una hora y cuarto, de la situación en el país hermano.

Es bueno recoger todas las informaciones posibles, y agradezco la visita del Sr. Embajador.

Su visión de embajador fue a la vez prudente y sincera, pero limitada.

Hablando de Haití, no fue al fondo del problema.

El terremoto de enero ha añadido una complicación nueva al trágico problema de Haití.

Pero aún sin terremoto, Haití ya era un problema trágico.

El pueblo de Haití ha sufrido a través de los siglos una cadena de agresiones.

Las Naciones Unidas, cuando se han tomado el derecho de intervenir en Haití, lo han hecho en nombre de principios abstractos, para proteger el "orden" interior y asegurar la permanencia del "sistema político" occidental.

La misión ha sido principalmente une acción de policía (que ha hecho bajar la criminalidad que se manifestaba en parte del país).

Pero no ha sido una misión para la educación, la salud, el desarrollo, la justicia social.

El gobierno nacional de Haití parece débil, ineficiente, impotente.

Las "autoridades" de las Naciones Unidas son abstractas, lejanas, burocráticas, lentas.

Las "Naciones Unidas" no se preocupan por el desarrollo, no producen progreso.

Los países que intervienen en la Minustah tienen gestos de buena voluntad, un poco paternalistas, y muy insuficientes.

La mayoría de los países miembros de la Minustah son países con recursos limitados, con sus propios problemas, y con limitaciones de presupuesto.

Allí están porque creen, ingenuinamente, que por su presencia impedirán la expansión imperialista de Estados Unidos.

Estos países dicen querer subordinarse a las autoridades locales, pero, de hecho, dependen de misteriosas y lejanas autoridades situadas en las "Naciones Unidas".

Además de mantener el orden (acción quizás necesaria, pero que nadie supervisa), hay algunas iniciativas de tipo humanitario. En el caso de Argentina, se busca diversificar la alimentación popular, apadrinando un proyecto de huertas comunitarias (el proyecto parece bueno, aunque algo paternalista, y con efectos probablemente limitados).

En conclusión, es difícil pensar que la acción de las Naciones Unidas o de la Minustah producirá un surgimiento del pueblo Haitiano.

Con el terremoto, el problema de Haití se agrava de golpe.

Hay que reconstruir un país débil, en el cual 40 % de la población está en la miseria grande, y 50 % más en la pobreza.

¿Quién hará el esfuerzo necesario? ¿Los 10 % restantes? ¿Los países de afuera?

El ayuda de Argentina tropieza con el costo del transporte.

Como país, Argentina estaría por enviar 2000 toneladas de alimentos, que saldrían por barco a principio de abril.

2000 toneladas no es poca cosa. Es 200 gramos de alimento por habitante de Haití.

Creo que Haití se levantará. Pero será por el esfuerzo de los mismos haitianos, por el esfuerzo de los millones de haitianos pobres.

Lo harán porque tienen que luchar para vivir, y porque ya tienen aguante, y porque quieren progresar.

Y en tal caso, pienso que nuestra acción debe ser la de dar apoyo al esfuerzo de los mismos haitianos.

¿Qué podemos hacer para ayudar a los haitianos?

En primer lugar alentarlos: que se sienten acompañados, amados, comprendidos, apoyados.

Tenemos que fortalecer su confianza en sí mismos.

Si podemos enviar alguna ayuda económica, desde luego será útil y bienvenida.

Pero no podremos enviar la enorme masa de ayuda necesaria para la reconstrucción.

Si podemos visitarlos, eso también los alentará.

Pero más que todo, tendremos que ingeniarnos para alentarlos y ayudarlos en el esfuerzo que ellos mismos harán.

Hace falta un enorme esfuerzo de alfabetización, y más que todo de alfabetización de adultos.

No se trata simplemente de enseñar a leer, sino de educación popular, de educación constructora, liberadora.

Hace falta alentar y apoyar los movimientos que allí existen, y alentar la unión entre estos movimientos.

Porque son ellos mismos los que deberán reconstruir su país.

Quizás hará falta enviarles a algunos militantes con experiencia; o quizás recibir a algunos militantes haitianos ya experimentados, para que se capaciten en algunos temas especializados, en contacto con movimientos argentinos.

La ayuda que podamos enviar será poca, si la comparamos con las necesidades.

Razón de más para utilizarla en tareas multiplicadoras, como lo puede ser el apoyo a militantes haitianos.

Enviado por: Rogelio, 05-03-10

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lunes, 22 de febrero de 2010

Haití es un acreedor, no un deudor. Por Naomi Klein

En Puerto Príncipe, el economista haitiano Camille Chalmers ha estado siguiendo estos acontecimientos con un optimismo cauto. La cancelación de la deuda es un buen comienzo, dijo a Al Jazeera en su versión anglo, pero “es tiempo de ir más allá. Tenemos que hablar sobre reparaciones e indemnizaciones por las devastadoras consecuencias de la deuda”. En su declaración, la idea de que Haití es un país deudor, necesita ser abandonada. Haití, argumenta, es un acreedor –y somos nosotros, en Occidente, quienes estamos demorados en el pago de nuestras obligaciones-.

Nuestra deuda con Haití proviene principalmente de cuatro fuentes: la esclavitud, la ocupación estadounidense, la dictadura y el cambio climático. Estos reclamos no son fantasiosos, ni puramente retóricos. Se basan en múltiples violaciones de normas y acuerdos legales. Aquí, aunque demasiado brevemente, se ofrecen algunos aspectos destacados del caso haitiano.

- La deuda de la esclavitud. Cuando los haitianos ganaron su independencia de Francia en 1804, tuvieron todo el derecho de reclamar reparaciones a los poderes que se habían aprovechado durante trescientos años del trabajo robado. Francia, de todos modos, estaba convencida de que habían sido los haitianos quienes habían robado la propiedad de los dueños de esclavos negándose a trabajar gratuitamente. Por ello, en 1825, con una flota de barcos de guerra amarrados en la costa haitiana amenazando con volver a esclavizar la antigua colonia, el rey Carlos X vino a recolectar: 90 millones de francos en oro –diez veces la renta anual de Haití en ese momento-. Sin capacidad para negarse, y sin posibilidades de pagar, la joven nación fue amarrada a una deuda que tardaría 122 años en saldarse.

En 2003 el presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide, enfrentado a un agobiante embargo económico, anunció que Haití demandaría al gobierno francés por el robo perpetrado tiempo atrás. “Nuestro argumento”, me dijo el ex abogado de Aristide, Ira Kurzban, “fue que el contrato era un acuerdo sin validez porque estuvo basado en la amenaza de re-esclavización en tiempos en los que la comunidad internacional consideraba la esclavitud como un mal”. El gobierno francés estuvo lo suficientemente preocupado como para enviar un mediador a Puerto Príncipe para que mantuviese el caso fuera de los tribunales. Finalmente, sin embargo, su problema fue eliminado: mientras se llevaban a cabo los preparativos del juicio Aristide fue derrocado. El juicio desapareció, pero para muchos haitianos los reclamos de reparación aún continúan.

- La deuda de la dictadura. Desde 1957 a 1986, Haití estuvo gobernado por el régimen desafiantemente cleptocrático de Duvalier. A diferencia de la deuda francesa, el caso contra Duvalier se expuso en varios tribunales que rastrearon los fondos haitianos hasta una elaborada red de cuentas bancarias en Suiza y fastuosas propiedades. En 1988 Kurzban ganó un juicio clave contra Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier cuando una Corte de Distrito en Miami dictaminó que el depuesto gobernante había “malversado más de 504 millones de dólares de fondos públicos”.

Los haitianos, por supuesto, aún siguen esperando la restitución de ese dinero –pero este fue sólo el comienzo de sus pérdidas-. Durante más de diez años los acreedores del país insistieron en que los haitianos debían pagar las astronómicas deudas contraídas por Duvalier, estimadas en 844 millones de dólares, gran parte de las cuales pertenecían a instituciones como el FMI y el Banco Mundial. Sólo en servicios de deuda, los haitianos tienen que pagar 10 millones de dólares por año.

¿Era legal para los prestamistas extranjeros cobrar las deudas de Duvalier siendo que gran parte de ellas nunca se gastaron en Haití? Muy probablemente no. Como me afirmó Cephas Lumina, el experto independiente en deuda externa de las Naciones Unidas, “el caso de Haití es uno de los mejores ejemplos de deuda odiosa en el mundo. Sólo sobre esa base la deuda debería ser cancelada incondicionalmente”. Pero aún si Haití viera cancelada la totalidad de su deuda (y destaco el si), esto no extinguiría su derecho a ser compensado por las deudas ilegales que ya se contrajeron.

- La deuda climática. Apoyado por muchos países en vías de desarrollo en la cumbre sobre cambio climático de Copenhague, el caso de la deuda climática es sencillo. Los países ricos que han fallado tan espectacularmente en resolver la crisis climática que han causado tienen una deuda con los países en desarrollo que han contribuido poco a la crisis pero que padecen sus efectos de manera desproporcionada. En resumen, quien contamina, paga. Haití tiene un argumento irrefutable. Su contribución al cambio climático ha sido insignificante; las emisiones de carbono per capita de Haití representan sólo el 1% de las emisiones de los Estados Unidos. Aun así, Haití está entre los países más afectados –de acuerdo con un índice, sólo Somalia es más vulnerable al cambio climático.

La vulnerabilidad de Haití al cambio climático no se debe sólo –ni siquiera principalmente- a su geografía. Efectivamente el país enfrenta tormentas cada vez más devastadoras. Pero es la débil infraestructura de Haití la que convierte situaciones de alerta en desastres, y los desastres en completas catástrofes. El terremoto, a pesar de que no tiene relación con el cambio climático, es un excelente ejemplo. Y aquí es donde todos esos pagos de deudas ilegales pueden tener su costo más devastador. Cada pago a un acreedor extranjero es dinero que no se utilizó para construir un camino, una escuela, una línea eléctrica. Y esa misma deuda ilegítima incrementa el poder del FMI y del Banco Mundial para imponer onerosas condiciones para cada nuevo préstamo, requiriendo que Haití desregule su economía y achique aún más su sector público. Al fallar en el cumplimiento de esas condiciones fue castigado con un embargo de la ayuda desde 2001 hasta 2004, las campanas de muerte para la esfera pública haitiana.

Esta historia precisa ser confrontada ahora, porque amenaza con repetirse. Los acreedores de Haití ya están utilizando la desesperada necesidad de ayuda por el terremoto para presionar por la quintuplicación de la producción en el sector textil, uno de los trabajos más explotadores en el país. Los haitianos no tienen mucho prestigio en estas conversaciones, porque se les considera receptores pasivos de ayuda, no participantes dignos y plenos en un proceso de reparación e indemnización.

Un cálculo sobre las deudas que el mundo tiene con Haití podría cambiar radicalmente su dinámica venenosa. Aquí es donde comienza el verdadero camino hacia la reparación: mediante el reconocimiento del derecho de los haitianos a ser reparados.


* Naomi Klein es una premiada periodista y sindicada columnista y autora del bestseller La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre (septiembre 2007); un bestseller internacional previo fue No-Logo: el poder de las marcas (2002); y la colección Vallas y ventanas: despachos desde las trincheras

Fuente: The Nation. Traducción para Sin Permiso de Camila Vollenweider
Enviado por: Pablo, 22-02-10

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miércoles, 10 de febrero de 2010

En Haití devastada: Sigue sumisa la ONU ante Washington. Por Antonio Peredo Leigue

La falta de logística en el aeropuerto de Puerto Príncipe, capital de la destruida Haití, está retrasando la distribución de la ayuda que llega constantemente. Los soldados norteamericanos se han apoderado de esa terminal y, haciendo caso omiso de los reclamos internacionales, disponen de los alimentos, las medicinas y otras vituallas que donan distintos países.
Dieciséis mil soldados del ejército estadounidense llegaron prontamente y de inmediato mostraron su propósito. Lo primero que hicieron fue apoderarse del aeropuerto; allí, deciden incluso cómo y cuándo deben llegar los aviones de apoyo, al punto que una nave venezolana debió esperar tres días en República Dominicana por orden de los ocupantes de Haití.
La Organización de Naciones Unidas (ONU) ha mantenido un silencio cómplice. La OEA sigue impávida. La muerte de 250 mil personas, una cantidad no precisada de heridos de diversa gravedad y más de 2 millones de damnificados no conmueven a las organizaciones internacionales que debieran estar allí desde el mismo momento en que ocurrió el terremoto. No olvidamos que, hace varios años, están los cascos azules de la ONU con la declarada intención de defender la democracia y mantener la paz. Se reconoce la ayuda que prestaron en estos días trágicos, reivindicándose de la imagen negativa que tenían ante el pueblo haitiano. Pero ahora, frente a los 16 mil efectivos de Estados Unidos, que tienen el propósito de hacerse dueños del país, nada pueden los cascos azules y nada quieren hacer la ONU y la OEA.
Este no es un reclamo de políticos contrarios a Washington. El gobierno de Francia, a través del secretario de Estado de Cooperación, Alain Joyandet, ha reclamado a la ONU que se precise el papel de Estados Unidos en la devastada Haití. Recordemos que Francia es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Ese reclamo debió concretarse en una reunión inmediata de aquel Consejo. Pero es improbable, porque tendría que desnudarse la intención anexionista del gobierno de Barak Obama.
Bolivia está conciente de estos peligros. El presidente Evo Morales ha anunciado que pedirá una reunión urgente de la asamblea, donde la ONU discuta la ocupación de Estados Unidos y la condene. Como no hay mucha esperanza en que esto suceda, se reunió en Quito UNASUR. Allí, Álvaro García, vicepresidente boliviano, declaró oficialmente: “temo que Haití, de no haber un rechazo rápido por parte del Continente, se convierta en otra base norteamericana”. Añadamos que sería una base asentada sobre miles y miles de cadáveres. Eso, como se demuestra a diario, no tiene importancia para la Casa Blanca ni el Pentágono. Que lo digan iraquíes y afganos, que lo recuerden panameños y granadinos, que reavivan sus heridas dominicanos y nicaragüenses; ni un solo país de Nuestra América, ni uno solo, quedó libre de ese brazo interventor.
Con esa tropa, que incluso se adueñó de la ayuda de otros pueblos, no se puede ni siquiera pensar en la reconstrucción de Haití. Porque en Haití no sólo faltan alimentos y medicinas y agua y viviendas y escuelas y transporte. Falta construir de nuevo ese país. Haití lo necesita. Haití lo merece, pues fue la primera nación de este suelo nuestro en independizarse de Europa. Porque los haitianos, privándose de sus propios requerimientos, ayudaron a nuestros próceres a organizar la lucha contra la colonia española. Porque ha sido y sigue siendo el pueblo más maltratado, humillado y explotado de este continente. Porque, siendo un hermano nuestro, todos los golpes que reciba, todas las heridas que le inflijan, son golpes y heridas sobre nosotros mismos.
Lo diremos en términos prácticos: la ocupación indefinida de Haití, es un atentado contra el proceso de unidad de nuestras naciones. Ningún país de Nuestra América puede mirar con indiferencia y mucho menos aprobar, un crimen de tal naturaleza.
Objetivamente, esta es la función que debía cumplir la Organización de Naciones Unidas, pero hace mucho tiempo que dejó de hacerlo. Aún teniendo derecho al veto en el Consejo de Seguridad, Washington no espera ninguna resolución para actuar como desea; lo hizo incluso contra la resolución de ese Consejo. Una vez más, la ONU demostró su inutilidad para cumplir su misión de preservar la soberanía de las naciones y la paz en el mundo.
Fuente : Argenpress
Enviado por: Diálogo 2000, 16-02-2010

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lunes, 1 de febrero de 2010

La IV Flota en acción. Un portaaviones llamado Haití. Por Raúl Zibechi

ALAI AMLATINA, 01/02/2010.- La reacción de Estados Unidos de militarizar la parte haitiana de la isla luego del devastador terremoto del 12 de enero, debería enmarcarse dentro del contexto generado a raíz de la crisis financiera y económica y el ascenso de Barack Obama a la presidencia. Las tendencias de fondo ya estaban presentes pero la crisis las ha acelerado de modo que han ganado visibilidad. Se trata de la primera intervención de envergadura de la IV Flota, restablecida poco tiempo atrás.
Con la crisis haitiana, la militarización de la relaciones entre Estados Unidos y América Latina avanza un paso más, como parte de la militarización de toda la política exterior de Washington. De ese modo, la superpotencia en declive intenta retardar el proceso que la convertirá en una potencia entre otras seis o siete en el mundo. La intervención es tan desembozada, que el periódico oficialista chino Diario del Pueblo (21 de enero) se pregunta si Estados Unidos pretende incorporar a Haití como un estado más de la unión.
El diario chino recoge un análisis de la prestigiosa revista Time, donde se asegura que “Haití ya se ha convertido en el 51º estado de los Estados Unidos, y aún cuando no lo sea es por lo menos su patio trasero”. En efecto, en apenas una semana el Pentágono había movilizado hacia la isla un portaaviones, 33 aviones de socorro y numerosas naves de guerra además de 11 mil soldados. La MINUSTAH, misión de la ONU para la estabilización de Haití, tiene apenas 7 mil soldados. Según Folha de Sao Paulo (20 de enero) Estados Unidos desplazó a Brasil de su lugar de dirección de la intervención militar en la isla, ya que en pocas semanas tendrá “doce veces más militares que Brasil en Haití”, llegando hasta los 16 mil efectivos.
El mismo Diario del Pueblo, en un artículo sobre el “efecto estadounidense” en el Caribe, asegura que la intervención militar de ese país en Haití tendrá influencia en su estrategia en el Caribe y en América Latina donde mantiene una importante confrontación con Cuba y Venezuela. Esa región es, en la lectura de Beijing, “la puerta de su patio trasero”, a la que busca “controlar estrechamente” para “continuar alargando el radio de su influencia hacia el sur”.
Todo esto no es demasiado nuevo. Lo importante es que se inscribe en una escalada que se inició con el golpe militar en Honduras y con los acuerdos con Colombia para la utilización de siete bases en ese país. Si a eso se le suma el uso de las cuatro bases que el presidente de Panamá Ricardo Martinelli cedió a Washington en octubre, y las ya existentes en Aruba y Curaçao (islas próximas a Venezuela pertenecientes a Holanda), existen un total de trece bases rodeando el proceso bolivariano. Ahora, además, consigue un enorme portaaviones en el medio del Caribe.
Según Ignacio Ramonet, en Le Monde Diplomatique de enero, “todo anuncia una agresión inminente”. No parece ese por cierto el escenario más probable, aunque sí pueden concluirse dos cuestiones: que Estados Unidos optó por el militarismo para paliar su declive y que necesita del petróleo de Colombia, Ecuador y sobre todo de Venezuela para afianzar su situación hegemónica o, por lo menos, hacer más lento el declive. Sin embargo las cosas no son tan simples.
Para el mensuario francés, “la clave está en Caracas”. Sí y no. Sí porque, en efecto, el 15% de las importaciones de petróleo de Estados Unidos provienen de Colombia, Venezuela y Ecuador, porcentaje que iguala la cantidad importada de Oriente Medio. Además, Venezuela va camino de convertirse en la mayor reserva de crudo del planeta luego que se certifiquen las reservas de la Faja del Orinoco descubiertas recientemente. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, serían el doble de las de Arabia Saudí. Todo esto sería suficiente para que Washington deseara, como desea, sustituir a Hugo Chávez al frente del proceso bolivariano.
A mi modo de ver, el problema central para la hegemonía estadounidense en el “patio trasero” es Brasil. El petróleo bajo tierra es una riqueza importante. Pero hay que extraerlo y transportarlo, lo que demanda inversiones, o sea estabilidad política. Brasil es ya una potencia global, el segundo de los países del BRIC (Brasil, Rusia, India, China) en importancia detrás de China. De los diez mayores bancos del mundo, tres son brasileños (y cinco chinos), pero ya ninguno procede de Estados Unidos ni de Inglaterra. Brasil tiene las sextas reservas de uranio del mundo (cuando sólo el 25% de su territorio ha sido investigado) y estará entre las cinco mayores reservas de petróleo cuando se termine la prospección en la cuenca de Santos. Las multinacionales brasileñas figuran entre las mayores del mundo: Vale do Rio Doce es la segunda minera y la primera en mineral de hierro; Petrobras es la cuarta petrolera del mundo y la quinta empresa global por su valor de mercado; Embraer es la tercera aeronáutica detrás solo de Boeing y Airbus; JBS Friboi es el primer frigorífico de carne vacuna del mundo; Braskem es la octava petroquímica del planeta. Y se podría seguir largo rato.
A diferencia de China, Brasil es autosuficiente en materia de energía y será un gran exportador. Su mayor vulnerabilidad, la militar, está en vías de ser superada gracias a la asociación estratégica con Francia: en la década que acaba de comenzar, Brasil fabricará aviones caza de última generación, helicópteros de combate y submarinos ya que Francia le transferirá las tecnologías necesarias. Hacia 2020, si no antes, será la quinta economía del planeta. Y todo eso sucede en las narices de Estados Unidos.
Allí Brasil ya controla buena parte del Producto Bruto Interno de Bolivia, Paraguay y Uruguay, tiene una presencia muy firme en Argentina, de la que es un socio estratégico, así como en Ecuador y Perú, que le facilitan la salida al Pacífico. Ahí está el hueso más duro para la IV Flota. Véase que el Pentágono ha diseñado para Brasil la misma estrategia que le aplica a China: generarle conflictos en sus fronteras para impedirle despegar. Corea del Norte, Afganistán y Pakistán, además de la desestabilización de la provincia de mayoría musulmana de Xinjiang.
En Sudamérica, un rosario de instalaciones militares del Comando Sur rodea Brasil por la región andina y el sur. La tenaza se cierra con el conflicto Colombia-Venezuela y Colombia-Ecuador. Ahora contará con el portaaviones haitiano, desplazando de esa isla la importante presencia brasileña al frente de la MINUSTAH. Es una estrategia de hierro, fríamente calculada y rápidamente ejecutada.
El problema que enfrentan las naciones y los pueblos de la región, es que las catástrofes naturales serán la moneda corriente en las próximas décadas. Esto es apenas el comienzo. La IV Flota será la porción militar más experimentada y mejor preparada para intervenciones “humanitarias” en situaciones de emergencia. Haití no será la excepción sino el primer capítulo de una nueva serie pautada por el posicionamiento militar en toda la región. Dicho de otro modo: los latinoamericanos estamos en serio peligro, y es hora de que vayamos tomando nota.
Fuente: Servicio Informativo "Alai-amlatina"
Enviado por: Pablo, 01-02-10

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martes, 19 de enero de 2010

Haití y Honduras. Paralelo más que simbólico entre golpes y temblores. Por Karen Bähr Caballero


Leyendo en algún lado que en taino Haití significa "la montana más alta", se me ocurrió que además de ese bello contrasentido existe entre nuestros países otro paralelo, el de la terrible catástrofe que castigó a Haití hace pocos días y la crisis política que agita a Honduras desde el golpe de estado de junio del año pasado.

El paralelo está en la cobertura mediática que algunos medios europeos y estadounidenses han hecho de ambos sucesos, y más precisamente, en las representaciones que de manera velada o más o menos directa, ofrecen de los haitianos y de los hondureños.

De los hondureños, vimos cómo los medios internacionales retomaban de manera un poco más sofisticada los calificativos de "turbas antisociales" o "populacho ignorante" con los que nos bombardeaban diariamente los medios golpistas locales. En efecto, tanto en Estados Unidos como en Europa, además aprovechar la ocasión para burlarse de Honduras por haber protagonizado una guerra de fútbol, muchos medios importantes reducen el movimiento de resistencia a un grupo de "seguidores de Zelaya". De esta manera, se denota que lo que este grupo exige es la restitución del que aparece como un aprendiz de populista autoritario, botado del poder, de manera ilegal, cierto, pero justificada al fin y al cabo. Con un teclado, los medios minimizan hasta la caricatura la verdadera demanda de un movimiento que, articulado alrededor del rechazo al golpe de estado y en defensa de la sufrida democracia hondureña, exige la refundación de su país sobre bases, y no fachadas, verdaderamente democráticas y socialmente justas e inclusivas.

De los haitianos, vemos como la industria mediática satisface el morbo de los consumidores de sufrimiento ; representándolos como víctimas patéticas, fanáticos religiosos y, desde hace unos cuantos días, como bandidos, saqueadores de tiendas y violadores del sacro santo derecho a la propiedad privada. Pero lo peor, es que hemos visto de qué manera solapada aparecen como responsables de lo que les está pasando. Ya sea porque, se nos recuerda incansablemente, desde que Haití comenzó a existir como país, su historia ha sido la de la corrupción, la ingobernabilidad y la violencia ; o porque, a la hora en que la comunidad internacional se solidariza, los haitianos se pelean entre ellos para arrebatarse la ayuda (eso dice por ejemplo el comentario de una foto publicada en el sitio del New York Times en la que se ve a un hombre amenazando con un cuchillo a un grupo de mujeres que trata de defender los alimentos recibidos...).

Además de esas ideas veladas, también están los silencios.

En efecto, los reflectores que dictan la actualidad mediática ya se han alejado de Honduras, a pesar de que los asesinatos de valiosos líderes de la resistencia y campesinos ; las amenazas de muerte a las mujeres aguerridas de las barriadas urbanas ; las torturas de las que son víctimas algunos periodistas autónomos y los continuos atentados a los medios de comunicación independientes, nos recuerdan que en Honduras la crisis no se puede declinar en pasado, ni siquiera imperfecto.

En Haití, las denuncias de activistas y organizaciones humanitarias con respecto a las "misplaced priorities" de oficiales estadounidenses y de militares brasileños de la MINUSTAH, que se dedican ante todo a asistir y sacar del país a sus colegas y conciudadanos, aparecen como comentarios secundarios en artículos que titulan e ilustran ampliamente los saqueos y la violencia, no de algunos individuos, sino de los haitianos en general. En una ciudad en ruinas, en donde la policía se dedica a cuidar supermercados para que los hambrientos sobrevivientes no recuperen de los escombros los productos que de todas maneras terminarán por pudrirse ; la desesperación vuelta violencia es más noticia que la violación de la deontología fundamental de las misiones internacionales que deberían estar en Haití para ayudar a los haitianos. Tal vez por eso, aunque la ayuda afluya en dimensiones sin precedentes, el sentimiento de los haitianos es el de estar, una vez más, abandonados.

Al igual que de Honduras los medios internacionales más relevantes callan la importancia del surgimiento de un movimiento democrático, heterogéneo e inmensamente comprometido con la democracia ; de Haití, los medios callan la dignidad de la primera república negra del continente americano, de ese pueblo de pintores y de músicos, patria de una diáspora educada y cosmopolita como pocas.

La representación que se construye así de Honduras y de Haití es la de dos pueblos atrasados, tradicionales, incapaces de vivir en paz pues al fín y al cabo "¿qué saben hondureños y haitianos de democracia ?". La pregunta informulada es ¿para qué quieren la independencia o la autonomía si no sabrían qué hacer con ella ? Y la conclusión inconfesable es que hoy Haití enfrentaría mejor las catástrofes naturales si en el siglo IXX no hubiera protagonizado la única rebelión de esclavos lograda del continente, cuando cometió la osadía de sacar las tropas de Napoleón con la cola entre las patas. Honduras, por su parte, estaría mejor si se contentara con la democracia de las maquilas y los fast food y si no intentara salirse de la zona de influencia de los Estados Unidos.

Es como que si con sus demandas históricas de democratización y autonomía, hondureños y haitianos hubieran invadido el territorio simbólico en el que ejercen el poder las elites, locales y globales. Poco importa que se trate del empresario estadounidense, del banquero hondureño o del cónsul haitiano en Brasil. Todos sienten deslegitimado el ejercicio de su poder y su capacidad para imponer un proyecto que pretende definir las prácticas y modos de vida posibles, sea cual sea su impacto en las mayorías.

De ahí que sólo disminuídos, nuestros míseros pueblos puedan alimentar la lástima y la condescendencia de aquellos que, tanto en el norte como en nuestros propios países, se sienten superiores a las "turbas", ya sean estas hondureñas o haitianas. Solo así ameritan la caridad de los que supuestamente sí saben de democracia y de modernidad, sobre todo si son de mercado.

A la hora en que los haitianos y haitianas enfrentan uno de los momentos más difíciles de su historia reciente, nuestra solidaridad incondicional está con ellos. Aunque no seamos vecinos geográficos, hondureños y haitianos tenemos la experiencia común, íntima, de la impotencia ante la injusticia. Pero también compartimos la convicción de que, aunque nos cueste, seguiremos luchando para conservar la dignidad.

Fuente : Boletín CETRI. Lovaina, Bélgica
Enviado por: Rogelio, 05-02-10

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